Bueno, los que me conocéis, sabéis que soy un amante de la historia y un romántico que sueña con otras épocas y culturas. Hoy quería hablar un poco de nuestra querida ciudad de Málaga, pero, no la Málaga de ahora, cargada de humo, contaminación y tráfico, me gustaría hablar de la Málaga de hace unos siglos, la Málaga musulmana.
Imaginaos una enorme huerta que cubriera desde Estepona hasta Nerja. Y entre higueras, multitud de pequeñas urbes con sus muros y alcazabas, y, destacando de entre todas ellas, la exótica medina malagueña. Extendiéndose al pie del monte Yabal Faro (Gibralfaro), rozando el río Wâdî-l-madîna (Guadalmedina) y abrazando la costa mediterránea se alza, con sus castillos y mezquitas, torres y minaretes, una de las capitales económicas de Al- Andalus, la ciudad de Málaga.
El núcleo de la medina se encontraría en la costa Este del río delimitado por sus murallas, en lo que hoy día sería la zona que queda encuadrada entre las calles cortina del Muelle, plaza de la Marina, Martínez, Atarazanas, pasillo de Atocha, pasillo de Santa Isabel, Carretería, Álamos y Alcazabilla. Fuera de estas murallas habría otros centros de población anexos, rodeados también por muros, uno al Noreste y otro al Suroeste, al otro lado del río, conectados a la medina en sí por enormes portones. Serían los dos arrabales malagueños Tabbanin, o de los mercaderes de paja, y Funtanalla, o arrabal de Antequera. El primero estaría en lo que hoy es el Perchel y la Trinidad conectado por un impresionante puente a la altura del actual puente de Santo Domingo y sería emplazamiento habitual de vendedores de artículos de mimbre y leña. El segundo constituiría una ciudad en sí y se caracterizaría como el arrabal de entrada a la ciudad. Todo este complejo estaría protegido por un profundo y oscuro foso.
Nuestra ciudad sería conocida por ser una fortaleza inexpugnable ya que sus instalaciones contarían con los últimos adelantos en tecnología militar. Destacarían su alcazaba, residencia del walí o gobernador y protegido por un cuerpo de mercenarios beréberes, y más arriba, el castillo de Gibralfaro que vigilaría, desde lo alto, los alrededores y que conectaría con la alcazaba mediante la coracha.
Fuera de los muros podríamos contemplar el Arenal o Rambla, una zona de playa en la que se celebrarían actos, como carreras de caballos, el Puerto, uno de los más importantes de la época y que contaría con almacenes y aduana, y los diferentes ribats, especie de ermitas fortificadas.
Nos disponemos a entrar verdaderamente en la medina así que imaginad una ciudad atestada de gente, hasta 20.000 habitantes, de calles estrechísimas e intricadas que, en raras ocasiones, desembocan en pequeñas plazas donde se instalan, como en casi cualquier calle, zocos. Sentid los aromas de especias ya casi olvidadas y oíd los cantos del muecín que, entre el murmullo de la multitud, clama a la oración a Allá. Mezclaos con gentes de todas las culturas: musulmanes, los habitantes habituales, judíos, con relativa libertad ubicados en la actual calle Granada, y cristianos, sobretodo catalanes, valencianos y genoveses (estos últimos gozarían de grandes ventajas poseyendo un bastión propio adosado al muro conocido como el Castil de los Genoveses). Aquí, nos llamaría la atención la alcaicería, un enorme barrio comercial cercano a la Mezquita Mayor donde se traficaría con productos de lujo, las alhóndigas, donde se compraría y vendería el trigo, las atarazanas, que se usaría como astillero y arsenal, los zocos y, como no, las mezquitas, destacando la Mayor. Ésta sería el centro de la vida malagueña y conformaría un lugar social y cultural en el que también se ubicaría la Madraza, una especia de universidad del mundo musulmán.

Ahora, reflexionad y pensad que esta particular urbe, es nuestra Málaga, y que aunque ahora no cuente con misteriosos baluartes o suntuosos palacios, podemos, y debemos, hacer de ella la ciudad que queremos para vivir. Tenemos que cuidarla como nuestro más preciado tesoro y luchar, alzando nuestras voces, contra todo aquello que pueda ser causa de mal para ella. Malagueñ@s, Málaga siegue siendo nuestra Málaga.